lunes, 7 de julio de 2014
viernes, 14 de febrero de 2014
A
los que como Otto René Castillo –hijos de esta tierra- nunca más
volvieron
Qué
vergüenza nos da
ver
ahora a los ricos
marchar
con indumentaria
de
marca
nosotros
que indumentamos
las
piedras
nosotros
que lloramos
los
nuestros
los
de la perrarina
y
la búsqueda de huesos
Qué
triste espectáculo
su
lucha por Cadivi y libertad
con
máscaras de gas
y
teléfonos androides
sin
saber cómo ni porqué
odian
tanto a los pobres
marginados
que somos
Que
míseras cabezas las que flotan
vociferando
contra la única “dictadura”
que
saca guardias a custodiar ricos
pero
no por propietarios
sino
cagaos de miedo
porque
estos niños son de cristal
al
menor contacto lloran
y
salen corriendo a la OEA
clamando
bombardeos y salvamentos
para
su desesperada lucha
por
ser exclusivos del mundo
Su arresto colegial
ofende
la dignidad de mis
muertos
clamar
una Patria de ellos
fenómeno
antes no visto
a
la Patria la ultrajaron y exprimieron sus padres
y
los padres de sus padres
y
sus señores abuelos
conquistadores
decrépitos
y
estos niños bobolongos
dulces
de tanta pedantería
la
apuñalean ladrones
como
sus héroes gringos
frente
a cámaras bien montadas
en
nombre de su libertad
de
mercado
mercenarios
Hoy
la amargura y la miseria
caminan
vestidas de niños bonitos
clamaría
a Dios que los cuide –pero la ridiculez me ofende-
no
valen más sus vidas que las nuestras
Y sin
embargo, Cuídalos señor, porque SI saben lo que hacen
Patricia
A. Méndez 13F-2014
jueves, 13 de febrero de 2014
EL 12F Y EL DESPLIEGUE CRIMINAL DEL CINISMO FASCISTA
Patricia
Méndez, 13F 2014.
Ayer
12 de febrero mientras celebrábamos el bicentenario de la Batalla de
la Victoria, la derecha hacía gala de un despliegue de violencia que
da cuenta de su carácter reaccionario y fascista, arremetiendo
contra todo lo que se atravesara en su camino. Esta
maniobra anticipada desde el discurso de sus dirigentes, María
Corina Machado y Leopoldo López y esbozada por personajes que no
temen ocultar su cara fascista, como lo hizo por ejemplo Alberto
Franceschi (el 22 y 27 de enero de 2014 en su blog) que señala que
el mecanismo para derrocar al Gobierno, pasa por una “limpieza
nacional” que denomina “cirugía” para “salir
hasta del último de los funcionarios castristas de los registros y
notarías y solventar los graves daños que hicieron y hasta volver a
hacer nuestro censo de ciudadanos, sin chinos, cubanos, iraníes,
colombianos FARC, nicas, etc (...), la exigencia a las FFAA para que
sean decisivas en esta reorientación del Estado y dejen de ser los
apandillados de Maduro en los desmanes contra la República (…) e
imponer el criterio que el ilegal es el gobierno y más aún las
prácticas político-delincuenciales de sus esbirros, desde la cúpula
misma del Estado”1,
es un hecho ante el cual, si bien no debemos sorprendernos, si
debemos activarnos.
No
sorprende que sacrifiquen a sus propios seguidores para generar el
caos, ni que arremetan contra el pueblo chavista de manera
descarnada; tampoco sorprende la manipulación que hacen cuando se
victimizan mientras desacreditan a las víctimas chavistas que como
Juancho cayeron asesinadas bajos sus armas (tal como lo hizo el
portal La Patilla2),
ni que se criminalice al pueblo calificándole de “hordas
motorizadas” y más recientemente “grupos paramilitares”, ni
que Capriles o Juan Requesens salgan desligándose de los “hechos
violentos”3
achacándoselos a un pequeño grupo en el cual ellos no tendrían
arte ni parte.
Tampoco
sorprende la manipulación ejercida desde los medios de comunicación,
basta con echar un ojo a lo la cobertura de medios nacionales e
internacionales en torno a los hechos, para constatar cómo en su
mayoría han tergiversado la información, para posicionar matrices
que hasta cierto punto dialogan y se complementan victimizando a la
derecha venezolana y responsabilizando al presidente Maduro por la
violencia. Su discurso4
se centra en la criminalización de la acción gubernamental así
como la victimización del sector opositor con el uso de imágenes
que dan cuenta falsamente de marchas cuantiosas a nivel nacional, un
movimiento estudiantil, juvenil y opositor que estaría alzando
banderas de resistencia y el cual sería el sujeto legítimo de la
acción de protesta (con los símbolos patrios y los rostros
juveniles en primer plano), cuerpos de seguridad del Estado situados
de forma amenazante y reprimiendo (para evidenciar la confrontación)
y motorizados que vinculan de forma directa con el gobierno nacional.
Para así visibilizar una Venezuela en crisis, en la cual el Estado a
través de fuerzas de choque trataría de contener a una población
que es presentada como mayoritaria.
Todo
ello revestido de un cinismo indignante para quienes conocemos el
accionar de la derecha, del cual el ejemplo más nauseabundo son las
declaraciones de Leopoldo López a través de
https://ahoravision.com/ el
mismo 12 en horas de la noche mientras se llevaban a cabo los actos
en la Victoria, evidencia de que la estrategia de este sector de la
derecha seguirá siendo la calle y la violencia. Claro que el cinismo
de López es desbordante cuando habla de una calle irreverente pero
de no violencia, cuando remite a que “la violencia no es efectiva
en esta lucha” hablando como dirigente de Voluntad Popular con
desvergüenza, mientras acusa al gobierno de pactar con la
delincuencia (arremetiendo contra el Plan de pacificación) y de
reprimir “estudiantes”.
El
hecho es que nada de esto sorprende, pero si debe llamarnos la
atención que después de la evidente disputa a lo interno de la MUD
por cuál debía ser el camino para tumbar al gobierno y quien lo iba
a liderar; Leopoldo salga hablando de paz y llamando a Capriles a
asumir el liderazgo democrático del movimiento unitario, lo cual
implica desmarcase de los supuestos actores violentos que están
desatados en la calle tras todo un día de violencia y que seguirán
accionando contra el pueblo, sobre lo cual a partir de hoy el único
responsable será el gobierno nacional según estos flamantes
derechistas. Ante esto no debemos ser ingenuos, la arremetida
violenta de hoy les dio un piso, que no nos sorprendan entonces con
un coñazo, porque sabemos que aunque hasta el momento lo que han
hecho es mostrar los dientes, se podría estar generando una base lo
suficientemente fuerte para convencer a otros sectores de sumarse
nuevamente en un golpe de Estado, para ellos es ahora o nunca pues
saben que de lo contrario el liderazgo de Nicolás se va a
consolidar. Para la derecha el objetivo está claro, y si ven la
posibilidad de tomar atajos no dudemos que lo harán, el revocatorio
para ellos es una opción, pero no la más deseable después de
tantas derrotas.
Hay
dos hechos que tenemos que tener muy en cuenta, este nuevo movimiento
sería “independiente”, los partidos políticos no se están
involucrando nominalmente hablando y eso es sumamente peligroso pues
es más difícil asignar responsabilidades, la dirigencia del
supuesto movimiento “estudiantil” se diluye y son los jóvenes
opositores los que pasan a un primer plano; los Derechos Humanos, las
solicitudes para una intervención, la generación de múltiples
focos de violencia y el papel de los medios de comunicación
nacionales impresos, internacionales y de las redes sociales son
entonces varias aristas sobre las cuales debemos tener los ojos
puestos.
¿Qué
haría el Comandante Chávez? Pensemos en eso antes de permitir que
la indignación y la rabia nos conviertan en carnada fácil para el
avance del enemigo, no olvidemos que hay unos dirigentes en la
derecha (las cabezas) que manipulan a amplios sectores, no
desdibujemos al enemigo.
1
Franceschi, Alberto, Si Lo Exigimos En Mayoría, El Cipotazo Va.
Publicado el 27/01/2014, disponible en:
http://albertofranceschi.com/si-lo-exigimos-en-mayoria-el-cipotazo-va/
3
En rueda de prensa transmitida por Caprilstv Juan Requesens señaló
“Los violentos no están de nuestro lado. Nosotros representamos
un Movimiento Estudiantil que sabe que en la calle está la lucha
pero siempre ha sido pacífica”. Disponible en:
http://www.lapatilla.com/site/2014/02/12/requesens-los-violentos-no-estan-del-lado-nuestro/
4
Basta con revisar medios como BBC, CNN, Europa Press, el Nuevo
Herald, El Comercio, Infobae, Diario de las Américas, NTN24, entre
tantos otros.
lunes, 10 de diciembre de 2012
Mandato nuestro
Camarada este es un texto/alarido/poema parido a eso de las 11 y media cuando repitieron la cadena y por segunda vez vi al Comandante desnudar su alma para entregárnosla de nuevo con toda su verdad y todo su dolor... y con todo el dolor y con toda mi arrechera esto fue lo que salio...hao entrega de él pa que nos llenemos de esta misma fuerza
Si tu te vas
¡nos vamos!
Yo si hablo clarito
así como soy;
porque yo creo
en la entrega
absoluta,
a mi la mediocridad
me ofende
y no por criterios
éticos
Si tu te vas
¡Nos vamos!
aquí nadie va a
sentarse a llorar
ni a esperar la golpiza,
aquí seremos e ejército
que tu coronaste
porque no hay fraude posible
a tu entrega redentora,
lo digo así como es
sin creer mucho
en liturgias
Si tu te vas
Nos vamos a pelear
esta pelea
contigo a la cabeza
entre pecho y espalda
sin miedo
ni guevonadas
con todo el dolor
hecho rabia
¡Si tu te vas nos vamos!...
coño si que ¡nos vamos!
nos vamos a buscarte
porque aquí
nadie se rinde
ni el tiempo
ni la vida
ni nadie
repito:
¡Si tu te vas nos vamos!
porque tu
ya no eres tu
-eso lo sabes-
TU NO TE RINDES
mandato nuestro
¡Ejecutese!
Patricia Alejandra Méndez
(Colectivo Imaginario)
lunes, 23 de julio de 2012
“VERDADES” INCÓMODAS
“El arma más letal es el
lenguaje. Sin palabras no hay guerra”
A, Köstler.
“La verdad es la primera víctima de la guerra”
Hiram
Johnson, 1917
Patricia A. Méndez, 2012
Ser reiterativo puede llegar a ser fastidioso y sin
embargo, parece muy necesario. Lo siguiente no es un artículo científico-analítico
que pretende demostrar algo, como tampoco es un panfleto político de aporte
imprescindible; es más bien un ejercicio de reflexión que intenta ser crítico.
Durante 13 años hemos estado sumergidos en un
proceso de transformación que avanza un paso y retrocede dos, mediatizado por la
lógica del capital, hegemónica y castrante y enfrentado a todo un aparataje
burocrático y corrompido que lo absorbe y lo contamina. Ciertamente sería una
estupidez esperar que está revolución fuese pura e ideal tal como nos lo
plantea nuestro imaginario evocando al Che Guevara, pues no lo es ni lo fue la
revolución cubana, ni lo será; pero lo que no es una estupidez, es trabajar
porque este proceso tenga coherencia práctica con la teoría desde la cual es
enunciado y una consistencia ética acorde a todo lo que representa un mundo
mejor.
El lenguaje, como sistema de representación y de
regulación de las relaciones humanas es clave en esa construcción, la palabra
tiene la potencia de revelar la realidad e incidir sobre ella, y por tanto debe
tener concordancia con la misma. La palabra como primer ejercicio de poder
permite nombrar, invisibilisar, falsear, o transformar las realidades en tanto
que las hace o no procesos conscientes, por lo cual en este período histórico
que se vive en Venezuela, debe haber un cuidado especial de lo que se dice y lo
que se hace, porque no es posible revolucionar el sistema económico o político
sin un cambio subjetivo y sustantivo colectivo.
La ética revolucionaria, divergente en su totalidad
de la ética burguesa (edificada sobre “valores” y normativas morales falseadas:
puntualidad, respeto, justicia…codificados en base a los intereses de una clase
y sus códigos de conducta social) no
puede ser bandera de un día, ni categoría hueca del lenguaje político, los
fines no justifican los medios si de transformación se está hablando; la
manipulación ejercida a través del lenguaje, esa que ha permitido hasta el
momento justificar la invasión a Iraq, o la política de “contención” del
narcotráfico en Colombia a costa de cientos de personas asesinadas o
desplazadas (los falsos positivos), la política segregacionista de Israel con
respecto a los palestinos, la tribalización de las luchas de clase en África o
la invisibilización de luchas étnicas en América, por nombrar solo algunos
hechos, no puede ser parte del ejercicio comunicacional de la revolución.
El mantenimiento de un sector en el poder, uno de
los medios para llevar a cabo la revolución, no puede de repente convertirse en
fin, pues caeríamos víctimas de la lógica instrumental fundadora del sistema
actual. El fin, transformar las relaciones sociales de producción y
reproducción y con ellas las relaciones humano-humano y humano-naturaleza no
puede abandonarse o continuar posponiéndose indefinidamente en pos de mantener
unas cuotas de poder, vigentes solo desde la lógica formal e instrumental que
se busca subvertir y erradicar.
Todo proceso de idiotización, enajenación o
perversión de la conciencia individual y colectiva, es un contrasentido a la
liberación y descolonización del ser… no puede hacerse revolución con los
medios de dominación del sistema imperante.
Como sabemos toda información es selectiva, e
interesada; está en función de intereses de clase casi siempre mercantiles. La
violencia simbólica propia del lenguaje político tradicional necesariamente
debe ser superada y el manejo de la información a través de los medios de
comunicación convertirse en un ejercicio revolucionario de transformación y
legitimación de un nuevo lenguaje des colonizado.
La aparición constante de los mal llamados
“voceros/as” de la revolución reeditando un discurso elaborado por Chávez (como
representante de un liderazgo construido de forma progresiva y amarrado a la
elocuencia y coherencia política de su origen de clase, sus rasgos con los
cuales es fácil identificarse: hombre humilde hijo del pueblo, los referentes
históricos que rescata para devolverlos a los sectores oprimidos Bolívar,
Zamora, Guaicaipuro… y la enunciación en cada una de sus alocuciones de
sectores históricamente invisibilizados) no contribuye a edificar o fortalecer
esa nueva subjetividad a la que él aporta sustancialmente.
El uso reiterado de eufemismos y el falseamiento de
la realidad, ocultándola o “maquillándola” en función de un supuesto fin
irrenunciable: el poder, empieza a mellar la credibilidad del discurso de la
revolución, y no genera ningún tipo de beneficio a la concientización de un
pueblo que en estos últimos años se ha politizado e involucrado en ámbitos que
antes estuvieron cooptados por las “elites” económicas e intelectuales que se
adjudicaron las capacidades para ejercer este o aquel oficio, normando y
profesionalizando la vida en virtud del establecimiento de nuevas parcelas de
poder y de un conocimiento fragmentado.
El pueblo bravo, ese que espontáneamente se alzo un
27 de febrero contra la mierda neoliberal de la derecha, el mismo que el 13 de
abril recupero el gobierno bolivariano, posee una conciencia político-histórica
anclada en la realidad concreta, simplista o reduccionista, que legitima y
reconoce las propuestas políticas que la reflejan, la contienen o la
reivindican.
Este pueblo que somos, ha pasado por un proceso de
maduración y ha reconocido a Hugo Chávez como un fiel representante de los
intereses de los pobres y excluidos, y este pueblo inmerso en un proceso de
concientización y transformación tiene la capacidad de reconocer lo que hay de
autentico en el discurso de sus dirigentes (si bien no todos, si una porción
importante), y de actuar en consecuencia.
“Cuanto mayor
es la fe en la información, más dogmático es el retorno al mito. Los déficits
racionales se satisfacen emocionalmente. La fuerza bruta se rebela entonces
contra los símbolos de la magia ineficaz: universidad, representantes
políticos, grandes almacenes, etc. El culto a la información se puede traducir
fácilmente en culto al poder y a la fuerza”.
La legitimidad o fiabilidad del discurso político
está relacionado con su constatación o reflejo en el plano de lo real, en los
hechos. Si esta constatación no es posible, o resulta en un ejercicio negativo:
casos de inseguridad y violencia que inundan los medios de comunicación pero
que tienen una base real, casos de corrupción conocidos públicamente pero
invisibilizados o engavetados por el sistema judicial, obras inconclusas o con
retardos preocupantes como el proyecto de saneamiento del Guaire, Buscaracas,
Ferrocarril, la diversificación económica entre otros tantos hechos de los
cuales las grandes mayorías no tienen noticias concretas en cuanto a avance y
que al ser enunciados resquebrajan la veracidad del gobierno.
El asumir las responsabilidades, reconociendo las
fallas, y dimensionando el discurso del socialismo –que todavía no aparece como
nuevo sistema, pues no se superan ninguna de las condiciones de existencia del
capitalismo vigente- permitiría comprender el tamaño de los retos que confronta
el proceso político venezolano, en el cual el hecho electoral no es sino una
forma más de refrendar la democracia liberal burgués, hecho por el cual no vale
la pena seguir justificando el uso de medios equivocados.
La veracidad parece ser el rasgo fundamental de un
discurso que se autodenomine revolucionario, pues no hay nada más indignante
que escuchar a alguien encender verbalmente la lucha haciendo ejercicios
críticos y llamados a la conciencia en una tarima con referentes y símbolos de
respeto y verle después actuar en sentido opuesto a todo lo que señaló. Sabemos
que un ejercicio dialéctico permite comprender esta lamentable realidad, sin
embargo, no podemos normalizarla y convertirla en regla o terminaremos
convirtiéndonos en demagogos populistas que alguna vez soñaron. El ejercicio
crítico en materia de lenguaje y accionar político pasa por evaluar el triste
desempeño de los medios de comunicación, que intentan tanto de un lado como del
otro, reedificar la realidad obviando la mirada pública que de ésta se tiene.
Capriles y su séquito metidos en La Vega, pagando
al pueblo para que grite consignas, hablando en nombre de los más, de los
sectores que históricamente han despreciado y a los que continúan viendo como
una masa amorfa y manipulable en función de mantener sus intereses/ La ministra
de asuntos penitenciarios en contacto telefónico en vivo por el canal del
Estado señalando que los tiros que escuchan las personas que están cerca de La
Planta son una ficción creada por Globovisión. Dos imágenes que violentan claramente
a quienes viven la realidad, falseamiento total de la realidad,
descontextualización del accionar: en fin violencia, y la violencia se combate
con violencia (lógica de vida). Más impacto tiene este fenómeno cuando surge
del lado de las filas revolucionarias, pues solo de este lado se habla de
superar las lógicas mercantiles, el engaño al pueblo, la explotación, el
individualismo, la corruptela, la miseria, la alienación, el fetichismo… no se
le exige a la derecha hablar con la verdad, se sabe de antemano que no lo hace,
y eso parece no ser importante, hablan de eficiencia y calidad, y la hora de la
verdad esto parece más fácil de digerir que eso de convertirse en sujeto
histórico, asumir responsabilidades, participar, criticar, discernir,
comprometerse…
Si se mitifica lo político y se “sacrifica” la
“verdad” que mueve el espíritu de la revolución, puede que continuemos
obteniendo victorias electorales… y que en algún momento nos preguntemos ¿para
qué? Y no se nos ocurra ninguna respuesta (hablando claro desde la condición de
ser una asalariada más). La automatización, mecanización y estandarización del
discurso revolucionario no es en lo absoluto señal de fortalecimiento del hecho
consciente, ocultar o intentar obviar lo que ocurre no cambiará ni transformará
la realidad, el personalismo político no asegura la prosecución de una
revolución ni de un socialismo creado colectivamente y el callar y seguir
esperando “el momento” para profundizar las contradicciones y radicalizar los
procesos no parece el camino más acertado. Si me preguntan, tampoco sé cómo…
pero confío en que esta no es la forma
para seguir erigiendo las bases del socialismo, y en que teniendo
claridad en lo que no queremos que sea podremos más fácilmente y en colectivo
hacer lo que debemos hacer.
martes, 3 de julio de 2012
Ni líderes ni milicos
Para que no nos atrapen debemos ser muchos. Para que no nos atrapen en las redes de los medios de comunicación, en las infinitas trampas del diálogo, en la seducción populista o, simplemente, en la corrupción.Para que no nos atrapen el movimiento no debe depender de sus dirigentes. Los dirigentes deben ser muchos. Las vocerías deben ser rotativas. Para que no levanten a uno como estrella de rock y luego puedan volverlo contra otro. Para que no jueguen con la vanidad de unos y la enfrenten al ansia de protagonismo de los otros. Un movimiento social no debe tener líderes, debe tener dirigentes: muchos.
Un movimiento social no debe depender de sus representantes. Justamente la habilidad del poder se ha concentrado en separar a los dirigentes de sus representados. Debe haber representantes, pero no se puede depender de ellos. Es necesario preparar muchos representantes para que toda representación sea rotativa. Es necesario ensayar con muchos voceros, aunque haya mejores y peores. Lo que se gana en aprendizaje es mejor para todos. Lo que se gana en compromiso, en comunidad, siempre será mucho más de lo que se pueda perder por los errores ocasionales de unos, que siempre podrán ser mejorados por otros.
Debe haber representantes, pero todo el poder debe estar en la asamblea. Pero, también, para que un movimiento sea realmente social no se puede permitir que las asambleas mismas dejen de ser representativas. Una asamblea a la que asiste menos de la mitad de una comunidad, o de un colectivo, no puede ser considerada válida. Pero los juegos de la validez pueden enredarnos eternamente: el problema real es que no es útil, el problema real es que rápidamente se convierte en contraproducente.
Una condición básica, para mantener la fuerza del movimiento, es que las asambleas no dejen de ser mayoritarias y representativas. El problema es cotidiano, sobre todo si el movimiento se extiende por varios meses. Si en algún momento la mayoría se vuelve hacia posturas de compromiso, que no nos gustan, lo más probable es que haya sido porque no hemos sabido mantener la representatividad. Una minoría ilustrada, que obliga a la mayoría desde sus posturas, aunque sean correctas, terminará por ser abandonada y luego rechazada.
Si los objetivos, y la decisión de perseguirlos, están suficientemente claras, no debemos temer que el movimiento avance y retroceda, que haya momentos de auge y otros mucho más débiles. Cuando nuestros compañeros quieran mayoritariamente volver a clases será necesario pararse fuera de las salas, de manera ingeniosa, amigable, a dar de nuevo una lucha entre nuestras propias filas que habíamos ganado temporalmente y que ahora empezamos a perder. Y probablemente la hemos empezado a perder porque hemos perdido de vista el que se trata de un movimiento social, en que todos deben participar, y no de un favor que una minoría ilustrada tenga que hacerle a una mayoría inconsciente. La mayor parte de las veces, cuando la pelea es grande y justa, partimos con un gran apoyo, y nosotros mismos lo vamos luego debilitando. Si no ganamos esta lucha entre nosotros mismos, mucho menos ganaremos los grandes objetivos que tenemos.
Se trata de sumar y empujar. Pero no se puede empujar si no se ha sumado. Debemos desconfiar de dos minorías igual y simétricamente nocivas: la de los dirigentes que no se muestran dispuestos a hacer rotar su protagonismo, y la de los que están dispuestos a hacer valer sus argumentos a cualquier precio, en contra de los que supuestamente representan. Un movimiento debe ser dirigido, pero la conducción debe estar siempre en manos del máximo de dirigentes posibles. Lo que se pierda en eficacia se ganará ampliamente en legitimidad. No se trata de construir una máquina de guerra que gane sus batallas bajo cualquier condición. Se trata de ganar una larga guerra del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Ningún destacamento consciente puede arrogarse el derecho de suplantar lo que la comunidad misma de ciudadanos puede y quiere.
Tanto el liderazgo como el vanguardismo provienen de una ética paternalista e idealista. Tanto el liderazgo, con sus astucias variables, como el vanguardismo, con su cotidiana torpeza, resultan tremendamente ineficientes a la hora de establecer alianzas amplias, duraderas, en que los aliados confíen y se legitimen mutuamente. Ni los líderes ni los vanguardistas saben trabajar con diferencias reales, los primeros porque se limitan a instrumentalizarlas, los otros porque simplemente no las entienden.
El asunto no es si el movimiento tiene que ser más “pacífico” o más “violento” según las categorías hipócritas que el poder siempre ha usado como estigmas. Se trata de ser radicales y a la vez eficaces. No se trata de levantar “ejemplos morales”, o de llegar a cualquier compromiso. No sólo se trata de luchar, se trata de ganar. Al enemigo, hipócritamente tolerante, le encanta que luchemos, lo que lo alarma y enoja es que ganemos, incluso que meramente aparezcamos como si pudiésemos ganar.
Sumar, empujar, sumar, empujar. Un gran movimiento social no se hace ni con vanguardias ni con líderes. Todos estamos llamados a ser dirigentes. Todos tenemos la capacidad de serlo. Y, por supuesto, un gran movimiento social no debe tener ideólogos. Debemos aprender a distinguir a un teórico de un ideólogo. Los teóricos valen por sus argumentos. Los ideólogos valen por su retórica. Los teóricos pueden hacer pensar a los que piensan. Los ideólogos reemplazan la actividad de pensar de los que no piensan. Los teóricos tratan de ser uno más. Los ideólogos rara vez resisten la tentación irresistible del vanguardismo: ser líderes.
Sólo desde la hipocresía se puede decir que esta sea una lucha “pacífica”. Como siempre, los poderosos hablan de paz cuando han logrado consolidar su propio dominio, y empiezan a hablar de violencia a penas sienten amenazados sus privilegios. No vamos a empezar una guerra, ya estamos en guerra. Pero en nuestro caso, se trata de la guerra de un pueblo, de un gran movimiento social, por sus derechos, por la justicia que le niegan. Y esa es una guerra que no se puede ganar con un ejército de milicos, ni menos aún con un ejército que, del tipo que sea, que tenga mentalidad de milico. Por eso, a la larga, ellos no podrán ganar esta guerra: ningún ejército puede ganar una guerra indefinida contra un pueblo. Pero, justamente por eso, tampoco nosotros podremos ganarla si usamos la misma mentalidad que ellos nos oponen, por muy bellos que parezcan nuestros objetivos.
Sumar y empujar. Mantener toda la radicalidad y la violencia de masas que sea necesaria. Lo que sostengo, en cambio, es que hay condiciones bajo las cuales no sólo es menos probable que ganemos sino que ni siquiera mereceríamos ganar. Los que necesitamos es un gran movimiento social. No necesitamos líderes, ni milicos.
Un movimiento social no debe depender de sus representantes. Justamente la habilidad del poder se ha concentrado en separar a los dirigentes de sus representados. Debe haber representantes, pero no se puede depender de ellos. Es necesario preparar muchos representantes para que toda representación sea rotativa. Es necesario ensayar con muchos voceros, aunque haya mejores y peores. Lo que se gana en aprendizaje es mejor para todos. Lo que se gana en compromiso, en comunidad, siempre será mucho más de lo que se pueda perder por los errores ocasionales de unos, que siempre podrán ser mejorados por otros.
Debe haber representantes, pero todo el poder debe estar en la asamblea. Pero, también, para que un movimiento sea realmente social no se puede permitir que las asambleas mismas dejen de ser representativas. Una asamblea a la que asiste menos de la mitad de una comunidad, o de un colectivo, no puede ser considerada válida. Pero los juegos de la validez pueden enredarnos eternamente: el problema real es que no es útil, el problema real es que rápidamente se convierte en contraproducente.
Una condición básica, para mantener la fuerza del movimiento, es que las asambleas no dejen de ser mayoritarias y representativas. El problema es cotidiano, sobre todo si el movimiento se extiende por varios meses. Si en algún momento la mayoría se vuelve hacia posturas de compromiso, que no nos gustan, lo más probable es que haya sido porque no hemos sabido mantener la representatividad. Una minoría ilustrada, que obliga a la mayoría desde sus posturas, aunque sean correctas, terminará por ser abandonada y luego rechazada.
Si los objetivos, y la decisión de perseguirlos, están suficientemente claras, no debemos temer que el movimiento avance y retroceda, que haya momentos de auge y otros mucho más débiles. Cuando nuestros compañeros quieran mayoritariamente volver a clases será necesario pararse fuera de las salas, de manera ingeniosa, amigable, a dar de nuevo una lucha entre nuestras propias filas que habíamos ganado temporalmente y que ahora empezamos a perder. Y probablemente la hemos empezado a perder porque hemos perdido de vista el que se trata de un movimiento social, en que todos deben participar, y no de un favor que una minoría ilustrada tenga que hacerle a una mayoría inconsciente. La mayor parte de las veces, cuando la pelea es grande y justa, partimos con un gran apoyo, y nosotros mismos lo vamos luego debilitando. Si no ganamos esta lucha entre nosotros mismos, mucho menos ganaremos los grandes objetivos que tenemos.
Se trata de sumar y empujar. Pero no se puede empujar si no se ha sumado. Debemos desconfiar de dos minorías igual y simétricamente nocivas: la de los dirigentes que no se muestran dispuestos a hacer rotar su protagonismo, y la de los que están dispuestos a hacer valer sus argumentos a cualquier precio, en contra de los que supuestamente representan. Un movimiento debe ser dirigido, pero la conducción debe estar siempre en manos del máximo de dirigentes posibles. Lo que se pierda en eficacia se ganará ampliamente en legitimidad. No se trata de construir una máquina de guerra que gane sus batallas bajo cualquier condición. Se trata de ganar una larga guerra del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Ningún destacamento consciente puede arrogarse el derecho de suplantar lo que la comunidad misma de ciudadanos puede y quiere.
Tanto el liderazgo como el vanguardismo provienen de una ética paternalista e idealista. Tanto el liderazgo, con sus astucias variables, como el vanguardismo, con su cotidiana torpeza, resultan tremendamente ineficientes a la hora de establecer alianzas amplias, duraderas, en que los aliados confíen y se legitimen mutuamente. Ni los líderes ni los vanguardistas saben trabajar con diferencias reales, los primeros porque se limitan a instrumentalizarlas, los otros porque simplemente no las entienden.
El asunto no es si el movimiento tiene que ser más “pacífico” o más “violento” según las categorías hipócritas que el poder siempre ha usado como estigmas. Se trata de ser radicales y a la vez eficaces. No se trata de levantar “ejemplos morales”, o de llegar a cualquier compromiso. No sólo se trata de luchar, se trata de ganar. Al enemigo, hipócritamente tolerante, le encanta que luchemos, lo que lo alarma y enoja es que ganemos, incluso que meramente aparezcamos como si pudiésemos ganar.
Sumar, empujar, sumar, empujar. Un gran movimiento social no se hace ni con vanguardias ni con líderes. Todos estamos llamados a ser dirigentes. Todos tenemos la capacidad de serlo. Y, por supuesto, un gran movimiento social no debe tener ideólogos. Debemos aprender a distinguir a un teórico de un ideólogo. Los teóricos valen por sus argumentos. Los ideólogos valen por su retórica. Los teóricos pueden hacer pensar a los que piensan. Los ideólogos reemplazan la actividad de pensar de los que no piensan. Los teóricos tratan de ser uno más. Los ideólogos rara vez resisten la tentación irresistible del vanguardismo: ser líderes.
Sólo desde la hipocresía se puede decir que esta sea una lucha “pacífica”. Como siempre, los poderosos hablan de paz cuando han logrado consolidar su propio dominio, y empiezan a hablar de violencia a penas sienten amenazados sus privilegios. No vamos a empezar una guerra, ya estamos en guerra. Pero en nuestro caso, se trata de la guerra de un pueblo, de un gran movimiento social, por sus derechos, por la justicia que le niegan. Y esa es una guerra que no se puede ganar con un ejército de milicos, ni menos aún con un ejército que, del tipo que sea, que tenga mentalidad de milico. Por eso, a la larga, ellos no podrán ganar esta guerra: ningún ejército puede ganar una guerra indefinida contra un pueblo. Pero, justamente por eso, tampoco nosotros podremos ganarla si usamos la misma mentalidad que ellos nos oponen, por muy bellos que parezcan nuestros objetivos.
Sumar y empujar. Mantener toda la radicalidad y la violencia de masas que sea necesaria. Lo que sostengo, en cambio, es que hay condiciones bajo las cuales no sólo es menos probable que ganemos sino que ni siquiera mereceríamos ganar. Los que necesitamos es un gran movimiento social. No necesitamos líderes, ni milicos.
martes, 10 de abril de 2012
POR SIACASO
En los últimos días he venido notando como la oposición, poco a poco ella sola, ha venido colocándose la soga al cuello, y esta me recordó mis tiempos de ocio, cuando en la escuela en horas de recreo, jugábamos al ahorcado. Aún faltan algunos meses para el 7 de octubre y la oposición ya tiene el muñequito dibujado, y de ahí al mecatico solo hay un pasito. Esto lo saben, los que al igual que yo fueron expertos en las duras lides del fusilao, la vieja, palito, entre otras vainas que uno solía inventar para ponerle sabor a aquellas horas de esparcimiento. Bueno, la vaina era, que si uno perdía arrancaba la hoja del cuaderno, donde plasmada quedaba la figura del muñequito ahorcado y listo... la botaba. Siempre había una nueva oportunidad y aquel ejercicio no dejaba de ser más que una actividad lúdica donde todos nos divertíamos.
Esto lo digo porque nuestros compatriotas de oposición saben, que si en la próxima pregunta se equivocan les saldrá el mecatico, "serán barridos y se arrepentirán"...(Hugo Chávez) y que no habrá una nueva oportunidad. Estos pitiyankees como que ni entienden que el Chávez de hace 10 años ya no es el mismo, como que no aprendieron la lección, que después de cada 11 vendrá un 13. Abran bien los ojos, no vaya a ser que la próxima rabo e cochino los deje claro y sin vista... ¡Ahhh y de paso ahorcados!
Jesús Sanoja
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